martes, 24 de febrero de 2015

Delirios de Robin Hood

¡Hola!

Estoy segura que muchos de vosotros no me creeríais si os digo que las escenas que mejor se me da escribir son aquellas gore, de esas que te mantienen en tensión. Veis el blog tan mono puesto, con un peluche como imagen de perfil y decís "bah, nos está tomando el pelo". O me veis a mí en persona, y todavía os lo creéis menos.

Pero sí. De hecho, el primer género con el que empecé a escribir novelas fue, precisamente, novela negra y de terror.

Así que hoy traigo un trocito, un prólogo para mostrároslo. Es de una historia que no he conseguido acabar, pero cuyos personajes estoy usando en la novela que estoy escribiendo ahora.

¡Espero que os guste! :D

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Aquella noche parecía condenada a difuminarse en la memoria. Tan solo  el canto  candencioso de un reloj de pared acompañaba a la nana de las olas del mar que se escuchaban a lo lejos.
Amanda, sin embargo, permanecía ajena a toda esa paz que la rodeaba. Una pesadilla llena de monstruos voraces había logrado filtrarse en sus sueños, obligándola a despertar. Una luz iluminaba su rostro, todavía con las huellas del miedo que había sufrido. Se abrazó más a su osito de peluche.

<<Debo ser una chica grande>>, se dijo. <<Las chicas grandes no lloran, eso es lo que siempre dice mamá>>.

Suspiró y apagó la luz. Se comportaría como la niña mayor que era y no iría al cuarto de sus padres en busca de la seguridad que tanto anhelaba. Se tumbó en la cama, pero el temor de volver a soñar aquellas cosas horribles le impedía cerrar los ojos.

Se preparó para una noche en vela cuando lo escuchó.

Un ruido extraño que rompió la armonía de la noche.

-¡No!-oyó entonces un grito estremecedor de su padre.

De nuevo, el mismo sonido extraño de antes.
Y silencio.
Amanda tragó saliva.

-¿Papá? ¿Mamá?-preguntó en un susurro.

Pero nadie respondió.

Reuniendo todo su valor, la pequeña salió de la protección de las sábanas. Se aferró con fuerza al peluche y, de forma sigilosa, se deslizó por el pasillo hasta la habitación de sus progenitores.

La puerta, que siempre permanecía cerrada, se mostraba en esta ocasión entreabierta, como retándola en silencio. Amanda empujó la madera con una de sus manitas.

Deseó no haberlo hecho jamás.

Solo la trémula luz de la luna se colaba por los ventanales, vestidos por unas finas cortinas que danzaban con la leve brisa marina. Sin embargo, aquello era suficiente para iluminar aquel infierno.

-Mamá... mami...-sollozó mientras se acercaba con pasitos torpes a aquel muñeco, a aquel montón de carne que yacía en el suelo, sentado a los pies de la cama.

Su llamada se paró en seco cuando pisó un líquido cálido y viscoso. Siguió con la mirada el origen de aquel charco que se iba extendiendo por el suelo.

Y fue entonces cuando vio el orificio en la cabeza de la mujer. De él manaba la sangre, junto con trocitos de hueso y vísceras, acariciando su rostro y su brazo como una morbosa cascada.

-¡Mamá!-quiso gritar, pero la voz le falló.

Se alejó unos pasos y cerró los ojos, anegados de lágrimas.

<<No es más que una pesadilla. Unapesadilla, unapesadilla, unapesadilla>>.

Los abrió de nuevo.
Era real.
Con la angustia creciendo en su interior, corrió hacia el otro extremo de la habitación.

-¿Papá? ¿Papá? ¡Papá!

Sintió cómo las rodillas le fallaban. Con sus manitas temblorosas, se cubrió el rostro para no ver aquel cuerpo sin vida en el que se había transformado su padre. La luna se reflejaba en sus ojos, que la miraban de forma hueca y vacía. Una expresión de terror transfiguraba aquellos rasgos que siempre la habían observado con ternura.

-Lo siento, pequeña. Ni papá ni mamá van a poder responderte.

Amanda se asomó entre los dedos, tratando de controlar los hipidos que la ahogaban. La figura se encontraba en un rincón oscuro de la habitación, por lo que no podía distinguir sus rasgos. Amanda solo sabía una cosa: era mala.

Muy mala.

-Ha sido toda una sorpresa encontrarte aquí. No me informaron de tu presencia.

El desconocido hizo un amago por acercarse a la niña, pero Amanda se alejó, temblando.

-Aunque supongo que eso no cambia demasiado las cosas.

Amanda respiró hondo, tratando de reunir todo el valor que podía.

-¿Qui...? ¿Quién eres?

El desconocido soltó una triste carcajada.

-Es una buena pregunta, pequeña. ¿Quién soy? Creía que lo sabía, pero ya... ya no. Creo que soy un un simple títere. Un títere que se encuentra en medio de las espinas de las rosas pero que quiere volver a tener el control de los hilos... pero es imposible.
-No lo entiendo...
-Es igual, princesa.  Es igual... 

De pronto, Amanda escuchó un chasquido.

Una pistola apuntaba su cabeza. Los rayos de luna hacían brillar su superficie plateada. La vio acercarse junto con su dueño, hasta que el cañón besó su sien.

Amanda, paralizada por el miedo, solo podía mirar al asesino, a aquellos ojos negros malévolos que la observaban.

Eran los ojos de la muerte.

-Debería acabar contigo ahora mismo, princesa.  De todas formas, quizá estuviera haciéndote un favor.

Un nuevo chasquido.

Y, de pronto, el frió beso acabó.

El arma ya no le apuntaba.

-Pero tú no deberías morir. Al menos, tú no.

Una gran tristeza cubría cada palabra. Amanda vio una lágrima descender por aquel rostro y estrellarse en el suelo.

-Corre.
-¿Có...? ¿Cómo?
-¡CORRE! ¡HUYE! ¡Y no mires atrás nunca, ¿me oyes?! Corre como no lo has hecho nunca. Corre por ti, pero sobre todo, hazlo por ellos.

Amanda le observó una vez más. Después, sin tan siquiera atreverse a volverse hacia los cadáveres de sus padres, echó a correr.

Sin mirar atrás.

-Adiós, princesa-fue lo último que escuchó antes de abandonar su casa para siempre.


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